
"Yahvé hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, destruyó estas ciudades y cuantos hombres había en ellas" (Gen.19:27'28).
La luz violácea del neón acentúa el rojo que deja el reguero de muerte consumado en pocos minutos. El escenario ya no es lo que era, las antiguas barberías han dejado paso a los exclusivos centros de belleza en los que los nuevos camorristas (integrantes de la “mafia” napolitana) intentan imitar a duras penas las tendencias de una moda que se les queda grande. Así, entre el rumor de las cabinas de rayos x y el estruendo callado de las pistolas con silenciador, comienza el film de Matteo Garrone, inspirado en el libro de Roberto Saviano.
Con una mirada cercana al documental y al neorrealismo pasoliniano el joven director traza una serie de tranche de vie desligados de la clásica estructura narrativa, que dan forma a una especie de diario coral que muestra la cotidianidad de 5 personajes inmersos en una sordidez y crueldad tan desconcertante como real. El patio de vecinos del desacreditado barrio de Scampìa (Nápoles) es el escenario en el que se desenvuelve la vida de Don Ciro, un contable atípico encargado de repartir la “indemnización” a las familias de los camorristas encarcelados. Allí Totò ayuda a su madre a repartir la compra por las casas de los clientes, esperando ansioso a que el clan de los narcotraficantes lo llame a sus filas. Por el contrario, Marco y Ciro deciden ir por su cuenta; juegan a ser duros y sueñan con ser como el Al Pacino de Scarface, inconscientes del peligro que supone enfrentarse a los verdaderos “capos” fuera de la gran pantalla. El protagonista de la cuarta historia, Franco, es un empresario ambigüo, que se lucra con el “reciclaje” de los productos tóxicos de las empresas del Norte de Italia haciendo vertidos ilegales en Nápoles. Y Pasquale, un sastre que trabaja para una organización mafiosa de la zona, intenta redondear su sueldo dando clases de confección a la competencia china.
La vida de estos personajes tiene como denominador común la pertenencia a la camorra y el juego mortal de inclusión y exclusión de este peligroso grupo al que los napolitanos llaman “El Sistema”. Un sistema tan profundamente arraigado en la sociedad que adquiere tintes de surrealismo: los tiroteos son el pan de cada día, la droga circula libremente en el que es, hoy en día, el “punto” más grande al aire libre y la vida tiene menos valor que un gramo de cocaína. Todo esto es recreado en el film tal cual, sin dramatismos innecesarios ni tentativas didácticas o moralizadoras, acercando la cámara a los personajes, haciendo que el público se convierta en su sombra durante dos horas y se sumerja completamente en su realidad, una realidad distópica en la que los únicos ecos del mundo exterior proceden de la televisión. Y será precisamente ésta - la omnipresente imagen televisiva – la que evidenciará el hecho de que, quizá, ese mundo de apariencia post-apocalíptica que es Nápoles no está tan alejado de nuestra realidad.
Y es justamente por eso, por el estilo duro, realista y neutral de Garrone y por la forma en la que ha abordado temas de actualidad en su país (como la emergencia de la basura y los eternos tejemanejes entre las asociaciones de tipo mafioso y algunos funcionarios políticos) lo que bien le han valido el Grand Prix en el pasado Festival de Cannes.
Con una mirada cercana al documental y al neorrealismo pasoliniano el joven director traza una serie de tranche de vie desligados de la clásica estructura narrativa, que dan forma a una especie de diario coral que muestra la cotidianidad de 5 personajes inmersos en una sordidez y crueldad tan desconcertante como real. El patio de vecinos del desacreditado barrio de Scampìa (Nápoles) es el escenario en el que se desenvuelve la vida de Don Ciro, un contable atípico encargado de repartir la “indemnización” a las familias de los camorristas encarcelados. Allí Totò ayuda a su madre a repartir la compra por las casas de los clientes, esperando ansioso a que el clan de los narcotraficantes lo llame a sus filas. Por el contrario, Marco y Ciro deciden ir por su cuenta; juegan a ser duros y sueñan con ser como el Al Pacino de Scarface, inconscientes del peligro que supone enfrentarse a los verdaderos “capos” fuera de la gran pantalla. El protagonista de la cuarta historia, Franco, es un empresario ambigüo, que se lucra con el “reciclaje” de los productos tóxicos de las empresas del Norte de Italia haciendo vertidos ilegales en Nápoles. Y Pasquale, un sastre que trabaja para una organización mafiosa de la zona, intenta redondear su sueldo dando clases de confección a la competencia china.
La vida de estos personajes tiene como denominador común la pertenencia a la camorra y el juego mortal de inclusión y exclusión de este peligroso grupo al que los napolitanos llaman “El Sistema”. Un sistema tan profundamente arraigado en la sociedad que adquiere tintes de surrealismo: los tiroteos son el pan de cada día, la droga circula libremente en el que es, hoy en día, el “punto” más grande al aire libre y la vida tiene menos valor que un gramo de cocaína. Todo esto es recreado en el film tal cual, sin dramatismos innecesarios ni tentativas didácticas o moralizadoras, acercando la cámara a los personajes, haciendo que el público se convierta en su sombra durante dos horas y se sumerja completamente en su realidad, una realidad distópica en la que los únicos ecos del mundo exterior proceden de la televisión. Y será precisamente ésta - la omnipresente imagen televisiva – la que evidenciará el hecho de que, quizá, ese mundo de apariencia post-apocalíptica que es Nápoles no está tan alejado de nuestra realidad.
Y es justamente por eso, por el estilo duro, realista y neutral de Garrone y por la forma en la que ha abordado temas de actualidad en su país (como la emergencia de la basura y los eternos tejemanejes entre las asociaciones de tipo mafioso y algunos funcionarios políticos) lo que bien le han valido el Grand Prix en el pasado Festival de Cannes.
Sin duda, una de las películas italianas más importantes de los últimos años, que vuelve a poner al cine italiano en un lugar privilegiado del que se había alejado hacía tiempo.
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