domingo, 6 de julio de 2008

Alerta global

Juzgar el último trabajo de Shyamalan es difícil si antes se ha visto The Village. La compleja estructura narrativa del film del 2004 y la profundidad de los personajes no son equiparables a los del último estreno del director indio, pero sería injusto no apreciar elementos destacables como la idea de fondo de la que nace The Happening o la tensión que consigue crear a través de la columna sonora y de las situaciones extravagantes e inexplicables que dejan al público en suspensión, entre el sentimiento de angustia y la incertidumbre. Y es que la principal virtud de Shyamalan es su capacidad de jugar con el miedo y la inseguridad que éste provoca en las personas, independientemente de su edad, de su sexo o de su condición social. En sus películas el Miedo fluctúa, se apodera de todos de la misma manera, es tan igualitario como la muerte. Pero en este caso es diferente, procede de una fuente aparentemente invisible, ya no es un monstruo innombrable el causante de todos los males, la fisicidad se anula para dejar paso a la incertidumbre. Inexplicablemente comienzan a suceder una serie de incidentes que provocan una psicosis masiva que, en pocas horas, se extiende a lo largo de todo el país. Y es entonces cuando emerge la palabra “terrorismo”, como si de un virus latente se tratase. Ese vocablo aparece como la respuesta más probable ante cualquier dificultad surgida en los Estados Unidos. Nadie ve a los responsables, son sólo “terroristas”, entes fantasmagóricos al acecho, insaciables, sedientos de sangre. Basta un silbido, un soplo de viento e, instantáneamente, el mundo se para y el caos aparece, personificado en la irracionalidad más pura, en el acto de quitarse la vida, del modo más rápido, obviando el dolor que conlleve.
Y tras varios actos suicidas, después del infinito catálogo de respuestas a la desesperación, el espectador empieza a entender cuál es la causa de todos los males, que no es sino la reacción de un mundo que se rebela contra la destrucción provocada por el hombre.
Pero el error de Shyamalan no es tanto el intentar aprovechar el tirón ecológico de Al Gore para obtener provecho económico haciendo un film que, desde algunos puntos de vista, parece estar hecho deprisa y corriendo, cuanto el hecho de descuidar la psicología de los protagonistas. Ni Elliot Moore (Mark Walhberg) ni su mujer Alma (Zooey Deschanel) poseen la complejidad necesaria para desempeñar un papel central en la historia. La única explicación plausible ante la linealidad e inconsistencia de unos personajes que parecen meras caricaturas, es pensar que la verdadera intención del director es la de resaltar la realidad inconsistente y pasajera de la vida de los hombres sobre la tierra, que permanece (casi) inalterable e impasible desde que éstos nacen hasta que mueren. Es a este punto cuando aparece, nítido, el trasfondo de la historia, que muestra a la soledad y a la inocencia como herramientas salvíficas del hombre-depredador.


La soledad, un estado o sentimiento que salva a la humanidad de la ferocidad y los errores de sus semejantes, como pretendió la comunidad de The Village. Shyamalan repite el lema: homo homini lupus.

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